MÁLAGA, marinera y señorial, suave y transparente como la caricia de ese mar que se lo ha dado todo, está dotada de las más anchas motivaciones estéticas, pues no es sólo su verdad climática y demás exuberancias naturales las que posee el paraíso malagueño.

Abundan en ella calidades temáticas bien definidas de arte, historia y arqueología, además de su forma, se gracia ingénita tan sutil y amable, su ancha cordialidad, su fino espíritu y la más abundosa tradición en sugestiones líricas. Esta costa de ensueño, favorita del sol, con su corazón siempre abierto al visitante -novia de Europa se le ha llamado-, tiene las posibilidades máximas para ser una de las privilegiadas ciudades turísticas del mundo. 

Su belleza ambiental, en la que todo tiene un claro acento de alegría, lo proclama así. Y ese cromatismo de vergel maravilloso, inefable alarde de arquitectura vegetal -alguien dijo, en frase certera, que esta ciudad tiene alma de jardín- tan generosamente expandido en la deliciosa acuarela tropical del Parque, en el milagro hecho flor de Puerta Oscura, en las fincas del Retiro, la Concepción, la Caleta, el Limonar, Pedregalejo y en los jardines legendarios de Gibralfaro. Flores por doquier que salpican de gracia todos los rincones malagueños. Porque aquí no se agotan las fuerzas de los rosales, ni las de los jazmines y claveles, y mil flores distintas que tienen vida lozana lo mismo en primavera que en invierno, en el que siguen rindiendo al humano recreo el bello tributo de sus pétalos... 

Fragmento de la obra: "EL LIBRO DE MALAGA" de Antonio Bueno Muñoz. Málaga 1953. 

EL CENACHERO


ALLÁ VAN SUS PESCADORES
CON LOS OSCUROS BOMBACHOS
COLUMPIANDO LOS CENACHOS
CON LOS BRAZOS CIMBRADORES.
DEL PREGÓN A LOS CLAMORES
HINCHAN LAS VENAS DEL CUELLO:
Y EN CADA PESCADO BELLO
SE VE UNA ESCAMA DISTINTA,
EN CADA ESCAMA UNA TINTA
Y EN CADA TINTA UN DESTELLO.
(Salvador Rueda)